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La IA es un emergente de la historia de la humanidad: el desafío es cómo garantizar su gobernanza

nueva era

El hombre ha inventado una de las herramientas más geniales. Ahora debe ampliar sus capacidades benéficas, limitar los efectos dañinos y distribuir los frutos para que 10 vivos no se apropien del producto del conocimiento acumulado durante siglos por centenas de generaciones.


El filósofo romano, Tito Lucrecio Caro acuñó el principio nihil fit ex nihilo o nada surge de la nada. La Inteligencia artificial, tampoco. Es un producto de la historia, un emergente de la evolución del hombre. Hay un momento que los antropólogos no pueden identificar con precisión pero que todos reconocen. El instante en que un hominido (una familia que incluye a los humanos pero también a los orangutanes, gorilas, chimpancés que se caracterizan por su gran capacidad de razonamiento) recogió del suelo un fragmento de silex, lo uso y le sirvió para cortar. No lo fabricó, lo eligió, le llamó la atención que ese objeto afilado cortara tan bien.

Pero en esa elección descansaba algo nuevo en el planeta, una inteligencia que proyectaba su voluntad hacia la materia. Durante millones de años, la relación fue sencilla, elemental. El humano decidía y la herramienta obedecía. El martillo amplificaba el golpe. La palanca vencía las resistencias. La polea redistribuía el peso. Todas eran herramientas pasivas e inertes. Sin el operador, no existían.
El salto llegó cuando las herramientas empezaron a incorporar el conocimiento del hombre. Los herreros indios del siglo III a.C. dominaban la metalurgia del acero wootz con procesos que superaban los 1.400°C.

El erudito persa Al-Biruni, 1000 años después, alcanzó una enorme reputación en el mundo conocido y pasó a la historia por esas espadas.La herramienta ejecutaba. El maestro decidía usarlas para matar o para defenderse de un agresor.


Sin embargo, en el siglo XIII, en Diyarbakir, una de las ciudades más hermosas del Sudeste de Turquía donde hoy una bocanada de arte e historia te puede embriagar, el ingeniero Al-Jazari hace más de ocho siglos construyó algo distinto, inimaginable para el vulgo de la época: autómatas que ejecutaban secuencias sin consulta permanente. Un sirviente mecánico echaba agua, entregaba una toalla y completaba un ritual. La voluntad del diseñador estaba codificada en el mecanismo. La maquina, ideada, según cuentan los libros de historia, surgió porque a algunos monarcas de la época les molestaba que sus sirvientes tuvieran contacto físico con ellos. Nació producto de la discriminación pero marcó un hito.


Seis siglos después, James Watt, un escocés nacido en Birmingham, patentó el motor de vapor de agua, que pasó a lo anales como uno de los inventos que marcó el comienzo de la revolución industrial.

Yáblochkov no solo democratizó la luz; su concepto de alimentar múltiples lámparas desde un mismo generador sentó las bases de la distribución eléctrica moderna,

No solo de vapor vivía la revolución. En la Rusia de 1876, el ingeniero eléctrico Pável Yáblochkov, cansado de los complicados y costosos arcos voltaicos (diferencias de descargas eléctricas) , inventó la “vela de Yáblochkov”, que consistía en dos varillas de carbón separadas por caolín que, al conectarse a una corriente alterna, producían una luz blanca, estable y sin el chisporroteo de los arcos tradicionales.

Su invento, simple y eficaz, iluminó las calles de grandes capitales y centros culturales de Europa como París, Londres y San Petersburgo, y fue el primer sistema de alumbrado eléctrico práctico que podía instalarse en serie sin necesidad de reguladores complejos. Yáblochkov no solo democratizó la luz; su concepto de alimentar múltiples lámparas desde un mismo generador sentó las bases de la distribución eléctrica moderna, demostrando que la tecnología, incluso en las gélidas noches rusas, podía alumbrar el futuro.

Joseph-Marie Jacquard, inventó el telar de tarjetas perforadas. “Este dispositivo, explica la escritora española Nuria Martínez Medina, se gobierna mediante un paquete de tarjetas de cartón perforadas que se cambian accionando un pedal, y que activan un complejo mecanismo de cuerdas y plantas que elevan de forma alternativa un número diferente de hilos de urdimbre para la colocación de los hilos de la trama”. Jacquard no se escolarizó hasta que cumplió 13 años. Fue un autodidacta. Se cansó de inventar máquinas hasta que en 1805 Napoleón visitó Lyon conoció a Jacquard, recibió una demostración del telar Jacquard. Entonces, el Emperador francés le otorgó a Jacquard una patente y lo invitó a fabricar el telar en serie a París.

La invención del proceso jacquard fue uno de los avances más importantes en la historia del tejido. Por primera vez, los tejedores podían producir a gran escala patrones de una complejidad aparentemente ilimitada. Esta sofisticada herramienta que fabricaba telas de variopintos colores y dibujos usando tarjetas perforadas. La máquina era manejada por un solo operario… y desató una batahola. La técnica del jacquard también permitía producir brocados y damascos, prendas de lana y algodón que antes se tejían a mano y requerían horas y horas de trabajo. El nuevo modelo desplazó a los telares antiguos y los tejedores de la época iniciaron una caza de brujas contras las máquinas y contra Jaquard. Y se dedicaron a quemar los telares porque presagiaron que iban a quedarse sin su oficio y, por añadidura, sin su trabajo. Y así fue. El nuevo modelo desplazó a los telares antiguos y la mayoría de los artesanos del telar se quedaron sin empleo.No obstante, con la llegada del telar jacquard, estos tejidos dejaron de estar reservados a la élite y se popularizaron.

El inventor Charles Babbage comprendió la revolución que traslucía el telar de Jacuard, que separó la instrucción de la ejecución. En 1822, Babbage, después de décadas de trabajo, ideó una máquina analítica, que nunca vio la luz por las limitaciones tecnológicas de la época y las restricciones dinerarias, pero marcó el comienzo de la era informática. “En su diseño teórico, señalan Tomás Fernández y Elena Tamaro, contenía por entonces, todas las partes esenciales de la computadora moderna: dispositivo de entrada, memoria, unidad central de procesamiento e impresora”.


Pero Babbage no estaba solo en su visión. Ada Lovelace, hija del poeta Lord Byron, educada en matemáticas por voluntad de su madre para alejarla de la “locura poética” paterna, tradujo y anotó en 1843 el artículo del italiano Menabrea sobre la máquina de Babbage.

En esas notas, escritas con una claridad que superaba al propio Babbage, observó que la máquina no se limitaría a calcular números, también podría manipular símbolos, componer música, generar gráficos e incluso “tejer” patrones algebraicos como el telar de Jacquard tejía telas.

El siglo XX se caracterizó por automatizar tareas que el ser humano históricamente hizo por repetición y con el esfuerzo de miles de brazos.

Su algoritmo para calcular los números de Bernoulli es considerado el primer programa informático de la historia, y su intuición sobre que la máquina podía ir más allá del cálculo puro la convierte en la primera en imaginar lo que hoy llamamos inteligencia artificial.

El debate del siglo XXI

La máquina analítica ha pasado a la historia como el prototipo de la computadora. Sin embargo, abrió un debate profundo. ¿Qué ocurre con el trabajador cuando la maquina deja de ser la extensión de su cuerpo y se convierte en sustituto del criterio? Cuál va a ser el rol de las personas en el siglo XXI?
El siglo XX se caracterizó por automatizar tareas que el ser humano históricamente hizo por repetición y con el esfuerzo de miles de brazos. Prensas, cadenas de montaje, controladores lógicos. La maquina empezó a ejecutar condiciones previstas. De forma mucho más veloz, precisa y sin cansarse. Ganó en eficiencia. Pero sin capacidad de enfrentar lo nuevo. La pregunta que nadie formulaba tenia una respuesta práctica y cómoda porque ubicaba al ser humano nuevamente en el centro como el gran emprendedor. Esa respuesta ya no es suficiente.

Un caso sirve para ilustrar el cambio y la revolución que plantean los agentes inteligentes.
Imaginen una planta minera a las tres de la mañana. El operador duerme. Un sensor detecta una vibración inusual en un rodamiento.


Un sistema clásico registra y espera: si supera el umbral y adquiere un carácter anómalo, alarma.
Un agente inteligente hace otra cosa. Compara con el histórico, identifica un patrón que precedió una falla hace 14 meses, calcula el tiempo hasta la falla critica, genera una orden de trabajo para el turno de las seis, notifica al supervisor y actualiza el registro. Todo mientras el operador sigue durmiendo. Nadie le dio instrucción alguna.

El agente lo dedujo a partir de la información y el entrenamiento que recibió.
La diferencia no es de velocidad, más bien hay que pensar en un cambio en la estructura cognitiva. La automatización ejecuta, el agente interpreta pero el ser humano tiene la obligación de gobernar un maquinaria cada vez más compleja y con un mayor grado de autonomía.


Adam Riley, director de Estrategia de la división sistemática de BlackRock (la mayor gestora de activos del mundo) dijo durante una entrevista con el diario Cinco Días, el ala financiera de El País de España, que “El modelo guía las decisiones, pero la supervisión es humana”. La división de Estrategia que comanda Riley, tiene una billetera de U$S400.000 millones (más, menos el PBI de Argentina), opera con 300 fuentes de datos y procesa más de 6.500 informes diarios.


Riley monitorea el trabajo de Aladdin, una sistema generación integrado por modelos matemáticos, econométricos y de inteligencia artificial coordinados por su sistema de última generación.

La plataforma procesa más de 2000 millones de cálculos de riesgo y analiza cerca de 5000 escenarios de estrés macroeconómico en tiempo real.

El modelo Aladdin tiene un margen de error de cero. Debe resolver millones de decisiones en un milisegundo y un error en esta instancia desquiciaría a un sistema que interconecta a los principales bancos y fondos de inversión del mundo.

Para tener una idea del peso económico-financiero de Aladdin alcanza con contar que esta plataforma gestionaba a mediados de 2026, U$S21,6 billones propios y de terceros, convirtiéndose así en el sistema operativo de facto de las finanzas globales.

Más de 200 instituciones, incluyendo competidores como la banca JPMorgan, UBS e incluso la Reserva Federal de Estados Unidos, le pagan a BlackRock por usar Aladdin para la gestión de riesgos y el análisis de carteras.

El grado de sofisticación técnica del modelo Aladdin es una muestra de la progresión que han alcanzado los instrumentos inteligentes a lo largo de los siglos desde que el hombre recogió un pedazo de silex del suelo y lo uso para cortar hasta ahora que un ecosistema integral cibernético diseñado por el mismo hombre, plantea la necesidad de rediscutir el nuevo rol que tendrá el ser humano en esta etapa si quiere garantizar la gobernanza de su propia creación. Es decir, la capacidad de limitar los efectos dañinos, potenciar los benéficos, estimular la capacidad reproductiva de la creación y distribuir los resultados del conocimiento que ha generado la humanidad a lo largo de su historia.

“Biografia de Charles Babbage” (https://www.biografiasyvidas.com/biografia/b/babbage.htm),

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