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Cómo será el campamento que redefine el trabajo en la Cordillera

los azules campamento

El proyecto estrella de Los Azules, de u$S 189 millones, pone el acento en el menor impacto ambiental y marca un punto de inflexión en la relacion del sector minero con la sociedad

Hay una foto que circula entre los especialistas en minería y que genera una reacción parecida en todos los que la ven por primera vez: incredulidad.

Muestra terrazas verdes escalonadas sobre una ladera andina a más de 3.000 metros de altitud, con un gran techo semicircular que funciona como captador solar y un invernadero visible desde el interior. Parece un resort de montaña de película de ciencia ficción. Es el boceto del campamento permanente de Los Azules, el proyecto cuprífero de McEwen Copper en Calingasta, San Juan.

El hombre que lo diseñó, Jason McLennan, creció en Sudbury, Ontario, una pequeña ciudad minera al norte de Toronto donde la extracción de níquel devastó el paisaje durante décadas. Esa experiencia lo marcó para siempre. Cuando Rob McEwen lo llamó para este encargo, McLennan no dudó: “Es una oportunidad de producir el cobre más verde del mundo, que es lo que necesitamos para hacer la transición a un futuro renovable”.

McLennan no es un arquitecto de minas. Es el fundador del Instituto Internacional del Futuro Vivo (ILFI) y el creador del Living Building Challenge, considerado el estándar de construcción más riguroso del planeta. Sus clientes habituales son universidades y fundaciones ambientales.

u$S193 millones. Un campamento estándar cuesta u$S 78 millones. El Living Mining Camp sale un 147% más.

Leonardo DiCaprio encargó su residencia a su estudio. Que una empresa minera canadiense lo convocara para diseñar un campamento de trabajadores a 3.500 metros de altitud en los Andes argentinos es, en sí mismo, una señal del tipo de proyecto que McEwen Copper está intentando construirUn pueblo en la montaña, no una instalación de obra

El resultado rompe con todo lo conocido en la minería: terrazas escalonadas orientadas al sol, una biosfera interior con invernadero, tranvía eléctrico, materiales de construcción del propio suelo andino y sistemas de IA para gestionar la energía, el agua y el bienestar de los trabajadores.

Los campamentos convencionales de la Cordillera son estructuras modulares metálicas, prefabricadas, funcionales y sin más pretensión que alojar trabajadores con comodidad básica. El “Regenerative Mining Village” de Los Azules es otra cosa. Alojará entre 1.000 y 2.000 trabajadores en un complejo de 45.000 m², con posibilidad de escalar a 2.500 personas.

Su diseño en terrazas escalonadas aprovecha la orientación solar para maximizar la captación de luz y calor, algo crítico a esa altitud donde las temperaturas nocturnas pueden caer abruptamente. Un gran techo semicircular cubre parte del conjunto y cumple tres funciones simultáneas: genera energía fotovoltaica, capta agua de lluvia y nieve, y proporciona acceso solar al sistema de invernaderos internos.

Cada habitante del campamento tendrá vista al espacio verde —el invernadero— y acceso al aire fresco, al sol y la luz. No es un detalle decorativo. A 3.500 metros, donde la presión atmosférica baja un 30% y la exposición solar es extrema, el bienestar físico y psicológico de los trabajadores es un factor operativo directo. La rotación de personal en condiciones de altitud extrema tiene costos altísimos para cualquier proyecto minero. El diseño de McLennan apuesta a que la calidad del entorno construido reduce ese problema.

Materiales de la montaña

Una de las decisiones más llamativas del proyecto es la elección de materiales. Los módulos metálicos prefabricados, solución universal en la minería argentina, desaparecen del plano. El modelo inicial que propuso McLennan tiene dos opciones: paja o gaviones.

Agustina Gueglio, ingeniera sanjuanina de 28 años (UNSJ y maestría en Big Data), lidera el equipo de IA: “El cuello de botella es siempre la calidad de los datos”.

La construcción de paja —técnica con siglos de historia en regiones andinas— utiliza subproductos agrícolas como aislamiento térmico y soporte estructural. Se aplica un yeso de barro a ambas caras para garantizar resistencia al fuego y durabilidad. Al final de la vida útil del campamento, la paja se puede descomponer y compostar.

La segunda opción usa un material que abunda en el sitio: la roca. La construcción de gaviones tomará rocas de tamaño mediano del lugar y las convertirá en paredes enjauladas. Cuando el campamento cierre, las jaulas de metal se retiran y reciclan, y las piedras quedan exactamente donde estaban. El impacto en el suelo es, en teoría, cercano a cero.

Esa lógica de reversibilidad total atraviesa todo el proyecto.

McLennan Design tiene en claro que lo primero es entender el lugar —calidad del aire, características del paisaje, vegetación— y qué efecto tiene el clima: oscilaciones diurnas de temperatura, humedad, lluvias, nevadas, dirección del viento. La propuesta no impone una forma al sitio. Trabaja con él.

La IA que está transformando la operación

Mientras el campamento se diseña en los tableros de Seattle, la inteligencia artificial ya está transformando el día a día de Los Azules en San Juan. Agustina Gueglio, ingeniera industrial de 28 años formada en la Universidad Nacional de San Juan, con maestría en Big Data en Barcelona y un programa en el MIT, lidera el equipo de IA de McEwen Copper.

Su enfoque no es teórico. Se trata de aplicar herramientas concretas a problemas reales. El primer paso no fue técnico, sino cultural. La empresa estableció una política de uso responsable de IA que firmaron todos los empleados: tres puntos clave —uso responsable, herramientas solo las provistas por la empresa, y anonimización de datos antes de subir información. Luego vino una capacitación obligatoria de seis semanas, dos horas por semana, con casos prácticos adaptados a cada área.

Gueglio fue explícita: “No se habla de la IA como que te resuelve todo. Tiene bastantes errores, más que nada por alucinaciones y sesgos. Si escala algún proyecto puede ser un riesgo bastante importante”.

El resultado: un modelo de “quick wins” —proyectos pequeños de impacto rápido. En el área de finanzas, una tarea que consumía media mañana —descargar comprobantes, organizarlos por proveedor y enviar hasta 70 correos diarios— quedó automatizada. El proceso sigue patrones, requiere revisión humana final, y el ahorro de tiempo es considerable.

Gueglio resume: “Una vez que tenés la base de datos bien armada y confiable, cualquier desarrollo que empieces a hacer va a ser exitoso. El cuello de botella es siempre la calidad de los datos”.

El equipo también ha logrado reducir los tiempos de procesamiento de datos geológicos, aplicando IA a la interpretación de información de perforación. Los Azules no compra tecnología por moda: cada implementación responde a un problema concreto, con escalamiento gradual y verificación humana

El campamento no es solo un hecho arquitectónico. Es también una plataforma tecnológica. La IA entra aquí no como adorno sino como infraestructura de gestión. El sistema inteligente de administración del campamento gestionará en tiempo real el consumo energético de cada módulo, los ciclos de riego del invernadero, el tratamiento del agua en los humedales artificiales y la distribución de recursos según la ocupación real del complejo.

La energía solar y eólica generada en el sitio alimentará toda la operación del campamento. Las baterías de almacenamiento —junto con celdas de combustible de hidrógeno como respaldo— garantizarán continuidad durante las noches y los períodos de baja generación renovable. Los algoritmos de IA optimizarán la distribución de esa energía en tiempo real, priorizando cargas críticas y reduciendo el desperdicio al mínimo.

El sistema de agua funciona en circuito cerrado. Los humedales artificiales tratan y reclaman el 100% del agua consumida en el campamento. Nada sale del sistema sin ser procesado. La IA monitorea continuamente los parámetros de calidad del agua, anticipa fallas en los filtros biológicos y ajusta los ciclos de tratamiento antes de que cualquier indicador salga de rango. En un entorno donde el recurso hídrico es escaso y estratégicamente sensible —Los Azules opera en una cuenca andina de alta montaña— esa autonomía no es un lujo. Es una condición de viabilidad.

Dentro del campamento, el invernadero producirá alimentos frescos para los trabajadores. La producción combina acuaponía —un sistema donde peces y plantas se sostienen mutuamente en circuito cerrado de agua— con cultivos hidropónicos que no requieren suelo. La IA regula temperatura, humedad, nutrientes y ciclos de luz artificial para maximizar el rendimiento por metro cuadrado. A 3.500 metros, sin camiones de provisiones diarios, producir localmente no es idealismo: es logística.

El diseño de McLennan incorporó un detalle que parece menor pero no lo es: controles operables de temperatura en cada espacio habitable. En un campamento minero tradicional, los trabajadores pasan entre turnos extenuantes en espacios cerrados con temperatura fija. Aquí, el habitante puede ajustar su microclima individual. La IA del campamento aprende los patrones de uso de cada zona y anticipa la demanda de calefacción o refrigeración según el turno, la temporada y la ocupación, reduciendo el consumo energético sin resignar confort.

Operación autónoma y conectividad

El proyecto no se limita al campamento. La infraestructura digital de Los Azules incluye un Centro Integrado de Operaciones Remotas (iROC) en San Juan, que funcionará como el “cerebro” de la mina para orquestar de forma remota la perforación, el transporte autónomo (AHS) y las operaciones de planta. Es lo que la industria global denomina Minería 4.0: una transición hacia operaciones gobernadas por datos, inteligencia artificial aplicada e infraestructura regenerativa.

La conectividad que soporta esta arquitectura es robusta: fibra óptica troncal, red privada LTE de misión crítica para vehículos autónomos e IoT, y enlaces de respaldo por microondas, con tres centros de datos distribuidos para garantizar disponibilidad. Esta redundancia extrema asegura que el iROC sanjuanino nunca pierda el control de la flota de camiones autónomos ni de los sistemas de seguridad perimetral del campamento.

En la mina, la flota de camiones de 360 toneladas operará de forma autónoma, con palas hidráulicas eléctricas. El sistema de acarreo autónomo (AHS) permite mayor utilización de la flota —hasta 95% frente al 85% de camiones con operador—, velocidades medias un 6% superiores, y rampas más angostas que reducen el stripping de desmonte. La precisión del GPS en los camiones autónomos se mide en centímetros, no en metros.

La tecnología Nuton, plataforma de lixiviación avanzada de Rio Tinto, ya fue incorporada para evaluar la recuperación de cobre de baja ley con menor impacto ambiental. Los ensayos preliminares indican recuperaciones de hasta 85% en sulfuros primarios, con potencial de extender la vida útil de la mina en 30 años o más.

Un tranvía eléctrico trasladará a los trabajadores desde el campamento hasta la boca de la mina. No es un capricho estético. La automatización reduce la cantidad de personas que necesitan estar físicamente en el yacimiento. Menos movimiento vehicular humano implica menos riesgo de accidentes, menos consumo de combustible y menos emisiones.

La automatización supone menos trabajadores, menos exposición a peligros, y si hay menos gente en un campamento se reduce el consumo de energía, el de alimentos y la producción y transporte de éstos. Ese círculo virtuoso está en el corazón del diseño: la mina automatizada y el campamento regenerativo se refuerzan mutuamente. Una mina con menos personal en sitio necesita un campamento más pequeño y más eficiente. Un campamento eficiente reduce el costo operativo total y facilita el cumplimiento de metas de carbono.

El precio de la apuesta

McEwen Copper hizo los números con precisión: el campamento estándar en la Cordillera cuesta USD 78 millones. El Living Mining Camp sale USD 193 millones. La diferencia, USD 115 millones, es el precio de la apuesta. El campamento permanente absorbe el 7,7% del capex total del proyecto.

McLennan tiene una respuesta para eso: “Creemos que las mejores soluciones son las simples siempre que sea posible. El sol brilla, el viento sopla y podemos diseñar para trabajar dentro de un clima y una geografía si sabemos cómo aprovechar los recursos”.

El campamento estará listo al quinto año de producción. Eso significa, en el mejor escenario, alrededor de 2034. Hasta entonces, los trabajadores vivirán en los tres campamentos operativos actuales —Candadito, Embarrada y Los Azules, con capacidad total para 369 personas— que irán siendo ampliados durante la etapa de construcción.

Los Azules fue admitido al Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) en septiembre de 2025, con una inversión aprobada de USD 2.672 millones que integra exploración, construcción y operación en un plan único. La inversión total estimada alcanza los USD 3.168 millones.

El documento oficial presentado ante las autoridades nacionales subraya que “la viabilidad económica de yacimientos de baja ley en alta montaña depende de forma directa de la eficiencia de costos introducida por la automatización avanzada y la conectividad remota permanente”. Y agrega: “el esquema Net-Zero del Living Mining Camp no constituye una opción ornamental o de marketing corporativo, sino un requerimiento operativo crítico frente a las restricciones hídricas estructurales de la cuenca andina”.

El cronograma es claro: trabajos tempranos (camino y campamento) a fines de 2026, construcción masiva en 2027-2030, y producción plena para 2030. Los cátodos de cobre de alta pureza —99,99%— serán producidos directamente en el sitio, sin necesidad de fundición externa. Argentina pasará de importar cobre a producirlo industrializable.

PSJ Cobre Mendocino: ¿una alianza estratégica en ciernes?

En el horizonte de Los Azules aparece un actor clave: PSJ Cobre Mendocino, el proyecto cuprífero de Mendoza que también avanza bajo el RIGI. Fuentes cercanas al proyecto indican que la compañía mantiene conversaciones para evaluar la participación de PSJ en el esquema logístico e industrial de la iniciativa, un movimiento que reconfiguraría el mapa del cobre en el centro-oeste argentino.

Fabián Gregorio, CEO de PSJ, confirmó en entrevistas recientes que la empresa está abierta a alianzas estratégicas que agreguen valor técnico, financiero, tecnológico o de infraestructura, siempre alineadas con estándares ESG. La posible articulación entre Los Azules y PSJ no es retórica. Ambos proyectos comparten desafíos logísticos en la alta montaña, necesidades de energía renovable y potencial de compartir infraestructura. PSJ ya firmó un acuerdo con Distrocuyo para una línea eléctrica de 220 kV en Uspallata, infraestructura que podría beneficiar el sistema eléctrico regional.

Ninguna de las partes ha confirmado un acuerdo cerrado. Pero la lógica es ineludible: en una región donde el cuello de botella será mano de obra, proveedores y logística entre 2027 y 2030, la cooperación entre los dos grandes proyectos de cobre argentinos no es una opción, es una necesidad. Si se concreta, sería la primera alianza de esta envergadura entre dos proyectos mineros de diferentes provincias en la historia argentina reciente.

El desafío de la certificación

El Living Building Challenge, creado por McLennan, es el estándar de construcción más exigente del mundo. Los Azules será el primer proyecto minero en intentar certificarlo. McLennan prometió que lo logrará.

McLennan escribió siete libros sobre sostenibilidad y diseño. Dice que Los Azules posiblemente le dé material para el octavo. Primero tendrá que construirlo, en la Cordillera andina, a seis kilómetros de Chile, con paja, piedra y algoritmos.

McEwen Copper quiere pasar a la historia por haber desarrollado la primera mina cuprífera del mundo bajo estos principios. Si el experimento funciona, la pregunta no será si otros proyectos lo replicarán, sino cuánto tardarán en hacerlo. Y si no funciona, el fracaso será tan costoso como instructivo. Pero en un mundo que necesita cobre para electrificarse, y que al mismo tiempo exige cada vez más estándares ambientales y sociales, el camino de Los Azules es, quizás, el único posible.

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